19 de octubre

Cuando Dios creó el ornitorrinco por tedio, dejadez o por puras ganas de insertar en el reino animal un animal tan acorde con el resto de criaturas del reino animal como un payaso en un cementerio, nunca llegó a pensar que tan indefinido ser llegaría a formar una especie sólida, tan proclive a la conservación y perpetuación como cualquier otra. Es lógico creer que Dios confiaba en que la selección natural borraría del mapa a tan inverosímil animal, mitad ave mitad castor. Un ser supremo no hace las cosas tan mal a no ser que las haga queriendo.
En el mismo caso estoy yo, mitad persona mitad bestia, figura de proporciones erróneas, vivito y coleando en un mundo donde más que el payaso en un cementerio, soy el fiambre en un circo multicolor.

A diferencia del despistado del ornitorrinco, yo no soy más que un individuo. No una especie, ni siquiera un grupo y menos una pareja. Esto me deja todavía más desamparado de cara a las demás criaturas que habitan este, para mí, hostil medio. Si hubiera sido abandonado a mi suerte, si los humanos no hubiéramos llegado a un estado de evolución tal como para desafiar a la selección natural, si mi madre no hubiera mirado por mí, probablemente habría corrido la suerte que se me tenía deparada. Pero una vez más más, el Creador se muestra como un ser-no-tan-perfecto, y vuelve a errar en su sombría predicción, como ya hizo una vez con el platypus.

Huelga decir que no cavilo constantemente sobre mi muerte y no dejo que ella influya en mi vida, si acaso vivir no es morir cada día, y que por tanto vivo cada día como alguien como yo puede desear, pero me gusta ser consciente de a quién debo estar aquí: a mi madre.
Y, en menor medida, a Lisa.

16 de octubre

La gente es complicada. Todo el mundo da por sentado que las personas, como tales, tenemos cambios anímicos que condicionan nuestras decisiones immediatas. Éstas, probablemente, no sean muy lógicas, pero aún así se nos perdonan por lo anteriormente dicho. Se nos da un pequeño aviso y aquí no ha pasado nada. Si Platón -el Idiota Engreído- se levantara de la tumba al ver que un segundo está zurrando a un tercero por unos supuestos mal cuernos de la novia del segundo con el tercero, le daría un capón al agresor y volvería por donde ha venido. No entraría en peleas dialécticas, más que nada porque Platón el Paleto no necesita filosofear con alguien, porque siempre tiene la razón y se autofelaciona en sus aposentos de seda. Y porque sabría que la paliza está siendo dada por meros celos, y que todos caemos en actos parecidos alguna vez.

Sin embargo, aspectos de nosotros que no dependen del estado de ánimo, por mutar éste con demasiada celeridad, si no de nuestro alma, mente, cerebro, sino o llámesele como se quiera, son ampliamente rebatibles. Podríamos sentarnos con el ceporro más ceporro del barrio y éste nos invitaría a poner en duda nuestros actos, que de otra forma quizá nunca se pongan a prueba lógica.

Entro con toda esta parrafada para excusarme -¿a mí mismo? ¿A quién me lea?- de lo que voy a escribir. No creo apropiado, en una relación de menos de un mes, el ponerme a hablar de cosas del pasado que sólo incumben a mi persona. Sé que es general usar como arma de flirteo juvenil el recuento de amores pasados y corazones rotos, y si ya esto me parece estúpido, más me lo parece el iniciarlo con un objeto inanimado como puede ser un diario. Intento saber también por qué lo hago, y si lo hago a gusto o me fuerza la idea de acatar con la receta médica.

Pues bien, hoy, habiéndome excusado de algo que sé de antemano que voy a hacer y que será un error hacerlo, hablaré de Lisa, de quién llegué a ser gracias a ella y de cómo la conocí.

Lisa de Jacques y yo nos conocimos en el parvulario, como todo amor prematuro. Era una niña dulce de sonrisa agradable que parecía ignorar mi creciente deformidad de parbulitos a la primaria avanzada, incluso después de que mi madre consiguiera el permiso por el cual yo pudiera aprehender bajo su tutela sin necesidad de ir a la escuela pública o concertada. Desde entonces Lisa y yo nos hemos ido viendo con el paso de los años, yo a la sombra y ella, radiante, en el mundo real.
Como iba diciendo, yo estuve enamorado de Lisa, y si no recuerdo mal, ella de mí también. Lisa provenía de la Francia acomodada, y a su paso por la guardería dejaba decenas de admiradores de medio metro boquiabiertos que creían que las mujeres rubias sólo existían en películas. Habiendo llegado a primaria, la atención por ella había disminuïdo considerablemente, porque en esas edades los niños se dan cuenta de que poco en común tienen con las niñas, incluso con las más guapas. No sé cuánto tiempo habíamos estado saliendo desde que nos conocimos, ni si fue intenso, el caso es que en primaria lo dejamos al ver que lo nuestro tan sólo era amistad y que no nos veíamos reflejados el uno en el otro.

El caso es que, y sin ánimo de dilatar más, Lisa fue, aparte de mi primer y unico amor, la única persona en el mundo que ha compartido mi vida y que me ha ayudado a llevarla dignamente.

13 de octubre

Nada de mucho interés.

Hoy he vuelto al doctor. He tardado un buen rato en llegar, y eso que está cerca de mi casa, además de ofrecerme como vía entre ambos un camino muy deshabitado, con jardines interiores modestos y algún solar con moribundas viviendas de Barcelona coleando como pueden sus últimos años de vida. Sé que algún día no muy lejano las tirarán abajo y reaprovecharán los solares y todo lo que sea habitable, pero no me apetece lo más mínimo. Para lo poco que veo la calle no me apetecería ver decenas y decenas de personas de golpe, ni me apetecería que ellos me vieran a mí. Prefiero este ambiente íntimo.
Y además, todavía retrasarían más mis epopéyicas cruzadas hacia el doctor, que no son fáciles con tan mala forma física, que hoy parecía especialmente diezmada, por vaya usted a saber qué estímulos externos... Mal tiempo, fatiga mental, ¿quién sabe? Quizá la paliza que me di ayer con este diario es motivo de mi cansancio (bromeo, por supuesto). Sea como sea, he llegado diez minutos tarde, diez minutos que el doctor me ha brindado al final de la sesión para no darme un tratamiento incompleto, acompañados de otros diez totalmente extras a modo de favor (u compasión) por verme peor que de costumbre.
Siempre ha tenido un trato de favor hacia mi madre y hacia mí. No sé en qué se basa ni en qué remota anécdota se concreta, pero ha sido así desde que mi memoria recuerda. No sé cuánto le cobra a mi madre por mis sesiones, ni si le cobra, pues en una vida sistemáticamente sedentaria como la mía no caben dudas sobre qué medios he de disponer para comunicarme con el mundo exterior, porque los pocos medios que tengo corren a cargo de Mamá. Y por eso mismo precisamente, creo que nos hace un trato de favor. Mamá y yo formamos una familia pobre, entendida como la de una familia que, creo, sólo cobra la renta de viuda de mi madre, que aunque nos baste para vivir perennemente, no nos sacia para pagar a un médico, según mis cálculos; no a éste tipo de médico.
Deduzco entonces que mi madre vive de ser viuda y el médico, de otros clientes, porque está claro que de nosotros no.
Concluyo, al término de la entrada de hoy, que este diario me está haciendo plantearme ciertas preguntas que, tontamente, había dado más que por respondidas, inexistentes.

Hasta otra

12 de octubre

Me parece que todavía no he hablado de mi casa.

Mi casa empieza como todas, con un recibidor. Un recibidor bastante canijo, para ser exactos, con espacio justo para colgar los abrigos en invierno y sacarse los zapatos en verano. El recibidor, como no, da a la salita de estar, la habitación más grande de la casa. Normalmente dejamos la puerta que separa ambos abierta, para dar mayor sensación de espacio. Así, además, logramos que la realidad exterior parezca más cercana al sofá, detalle que me motiva a salir un poco más.
Si miramos un plano de cualquier piso, el recibidor se halla en la esquina, repartiéndose por el resto del plano la sala, los lavabos, etc.
Por lo visto, la opinión está dividida en este aspecto o bien nuestro arquitecto no sabía muy bien lo que se hacía, porque nuestro recibidor queda justamente en el medio de uno de los costados de la sala, como si fuera un riachuelo que se abre en un gran cauce.
Excepto los baños, el color de las paredes del piso es amarillo papiro. Le confiere tonos agradables por las tardes, cuando el sol entra por el oeste. El sol, entra, de hecho, por tres direcciones, o dos direcciones y media, según lo exactos que seamos. Si volviéramos a mirar un plano, veríamos que nuestro piso no se adapta a las paredes que se pueden ver desde la calle. Está situado justo a una punta del triángulo que es mi manzana, pero no tiene su misma forma. Es como si entra la pared de mi habitación y la exterior distaran de 3 m compuestos de vacío, o de ladrillos, gravilla, qué sé yo. Mi vivienda, por este motivo, tiene cierta forma trapezoidal, como después de abrirse en un gran cauce, quisiera adaptarse a un antiguo delta que, ilógicamente, estaba ahí antes que el río.

Los objetos de decoración de mi casa son sacados de Lilliput. Para no desentonar con las paredes de papiro, los muebles, jarrones, y demás atrezzo son de madera parda oscura, bien barnizada. Así, en mi comedor hay una modesta mesa para cuatro personas que se sientan en cuatro sillitas, como esperando a que Rizitos de oro venga a tomar el té con Osito y sus amigos. Además, hay una mesita pequeña, diseñada originalmente para ostentar tazas de té humeantes y bollitos alcanzables desde la altura del sofá, redondeado y acolchado, de color verde terciopelo. Algunos muebles más decoran mi casa, todos redondeados y pulidos, perennes a los años. Los más afortunados, presumen de tapete.

En todo este bosque de hadas, se halla mamá sentada en el sofá. Nunca sé qué hace allí, sólo que está allí. No es que no me preocupe por mi madre, me preocupo mucho. Es sólo que, a pesar de que me guste mi casa, prefiero mi habitación; si la salita es el bosque de las hadas, mi habitación es la morada de los fantasmas, almas de hombres sabios que me hablan a través de páginas de ajada piel de ajo.

Con todo, me gusta mi casa, pero no sé qué carajo hace mi madre ahí todo el día. Supongo que no me atrae la idea de comparecer ante ella en esa sala porque nada cambia desde que vivimos solos. El hermetismo es perpetuo y las sillas para cuatro siguen ahí, y los muebles siguen ahí, y las tazas de te siguen ahí, y mamá sigue ahí... Desde que murió mi padre. O al menos, desde que murió la vecina.

No sé mucho de mi padre... Tan sólo lo que me contó mamá. Era muy pequeño cuando falleció y no llegué a conocerle. Me dejó de pequeño porque una enfermedad malvada se lo llevó. Y hasta ahí puedo leer.

Mamá está inactiva desde entonces, y vegetativa desde que murió la Vecina. Algún día crecerá musgo sobre su suave piel y entonces la gente preguntará por ella al cruzar el umbral, y me encogeré de hombros diciendo: "No sé, ya estaba ahí desde la rosada".

Con todo, mi madre y yo nos llevamos bien y llevamos una tranquila vida sin sobresaltos.


PD: Decir que he preguntado a Mamá sobre Vecina, y no me ha respondido gran cosa. Desde que vió a quien creía viudo con otra contrajo un pena en el corazón que la iría matando lentamente hasta años más tarde, cuando estiró la pata.

9 de octubre

Hoy, mientras releía un libro de Dafoe, he oído el tintineo de canicas rebotando contra el suelo del piso de arriba. Mi escalera es por lo general silenciosa, la gente trabaja muchas horas al día y los niños -niño- anda desaparecido la mayor parte de la tarde. Pero hoy por lo visto se ha quedado en su cuarto y ha decidido ver como su colecció de insectos de plástico multicolor revolotean y repiquetean el suelo de su habitación. Eso, o se le ha caído el tarro de canicas. Es un niño bastante torpón, de unos siete años, con una mirada muy profunda y un azul en sus iris de iguales características. Tiene además los ojos un poco separados entre sí restándole atractivo, aunque muchas mujeres lo encontrarán misterioso cuando sea mayor. Está casi siempre ausente cuando me cruzo con él por el vestibulito y me mira con recelo. Recuerdo haberle visto más a menudo de pequeño, cuando la vecina de al lado, cuyo nombre no recuerdo, todavía vivía y me cuidaba como si fuera mi segunda madre. Me estuvo cuidando unos años, y recuerdo su voz y la de mi madre conversando en la salita, mientras bebían café. El chico de arriba, Daniel creo que se llama, apenas gateaba cuando mi vecina lo levantaba en brazos y lo mecía. A continuación me tocaban los cariñitos a mí, pero todo lo demás relacionado con ella está borroso.
Supongo que Daniel -que sigue insistiendo con las canicas- se acuerda de mí como un competidor por los brazos de nuestra cuidadora, y me castiga desde arriba por no recordar su nombre, como si la culpa de que ahora descanse en paz fuera mía.

Ahora que lo pienso, tampoco sé cómo murió, sólo que a partir de un momento mi madre y yo nos quedamos solos.

Mañana le preguntaré por ella.

6 de octubre

Hoy, como tantos otros días, no me apetecía salir. Pero aún así he tenido que renunciar a la privacidad de mi hogar e ir al médico. Llamémosle doctor. No es que no tenga nombre propio; es muy callado. Da gusto verle trabajar: constante, meticuloso, sistemático... No entiendo como con esas cualidades no trabaja con impresoras y computadoras: el caso es que lo hace con personas, personas como yo.
No sé exactamente qué licenciaturas ostenta, porque en su gabinete no exhibe diplomas emmarcados ni tiene esqueletos humanos en las esquinas. Trabajo en un pisito agradable, vacío pero agradable.

Nada particular por lo demás. La sesión ha ido bien y he vuelto un poco entumecido a casa, pero dormiré bien y se me pasará, así que no me extiendo.




Es lo que tiene el escribir un diario sobre una vida mediocre. Probablemente entradas como ésta se vean repetidas a menudo.

Buenas noches.

3 de octubre

Ya es hora.

De nuevo, recorro la vista por todos los rincones de mi habitación, en busca de una pista, una señal de luz que disipe mi indecisión y me anime a escribir.

Mi vida.

¿De qué sirve contar mi vida? ¿la de alguien? Tengo la teoría de que la gente escucha vidas ajenas en busca de problemas ajenos. Es lo que nos hace humanos. Muchachas con el corazón roto comprar revistas de quinceañeras para comprobar que no son las únicas que se han sentido tontas, y que las otras desgraciadas que escriben a la editorial están pasando momentos similares.

Pero no me apetece contar penurias.

¿De qué hablaría? Ah, ya. La melancolía. Ése es un mal que nos arrastra a todos, aunque por suerte nunca es suficientemente fuerte como para hacernos olvidar de que hemos de mirar al frente. ¿Que qué debería contar que fuera melancólico, triste y dulce a la vez? Quizá de Lisa, pero ya no tiene sentido. He tardado años en aplacar sus fantasmas, aunque todavía la recuerdo.

Vivo con mi madre, solos. Lo de "solos" va con rintintín, porque mi madre no tiene demasiadas amistades, y yo probablemente ninguna. Aunque nos va todo bien.

Sinceramente, si esto tiene que ser una tarea de curación, no está yendo a buen puerto, pero entre los laberintos de la psicología incluso así sirva de algo. Aunque no sé el qué.

Quizá por hoy ya haya escrito bastante. Al fin y al cabo, ¿qué no se ha dicho ya sobre la vida de un barcelonino?