12 de noviembre

"Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda."

Bécquer was right.
Y yo sigo con la imaginación aguijoneada, fustigada, desbocada e imparable. Hablando en inglés lo mismo que en ruso, no puedo parar.

Hoy he estado viendo viejas fotografías. Mi madre dormía plácidamente en su eterno sillón. Me he infiltrado en el recibidor, último muro conocido antes de enfrentarme con el exterior, con su familiar empapelado, su familiar planta de interior de plástico, su familiar armario.
...¿familiar armario? ¿Qué puede tener de familiar un armario que no sé qué contiene? Es curioso que, habiendo pasado tantos años en esta casa no sepa todavía cada uno de los recovecos que la componen.


Es curioso como incluso en nuestra realidad más cercana damos por sentado ciertas cosas porque siempre han estado ahí y es un día como cualquier otro en el que nos planteamos porqué están ahí.
He abierto el armario, y aunque parezca contradictorio con mi anterior observación, no he efectuado una mirada general para contemplar con ojos nuevos qué contenía, sinó que he buscado lo que tenía en mente desde esta mañana, apartando a ciegas texturas que parecían pertenecer a ropa usada cuando dichas texturas eran suaves y no ásperas, hasta encontrar una caja del tamaño de una caja de zapatos, hecha de madera fina, que no he dudado en abrir.


Ahora las tenía delante mío. En mi cama. A docenas.
Fotografías.
De todos los tamaños y colores. De mi Madre.
De mi Padre.

Se les veía felices.
No sé exactamente qué he sentido al verlas. Si curiosidad por reconocer a mi madre de joven, sorpresa por ver al Padre que no conocí, tristeza por no reconocerme en él, emoción por saber cómo sería la fotografía siguiente...


10 de noviembre

Por lo general suelo visitar páramos deshabitados del terreno barcelonino. Casas al borde del colapso, esperando ser substituídas por algún bloque con cimientos más sólidos. Callejuelas que apenas alcanzan la veintena de números. Plazas donde las migas de pan no alcanzan a alimentar una veintena de palomas.
Ése el medio por el que navego. Poca gente. Poca.

Sin embargo, por primera vez desde que empezé la terapia me he dado cuenta de que no parece venir nadie a ver al doctor. Cuando llego cinco minutos antes de la hora no hay nadie vistiéndose y preparándose para salir. Cuando salgo cinco minutos después no hay nadie esperando sentado leyendo una revista.
Es más, no hay revistas. Y suponiendo que esa puerta cerrada sea una despensa, no hay cuarto donde los pacientes puedan aguardar.

Todo es perenne. El pote que debería contener agujas no contiene ninguna. El cilindro donde guarda el algodón está siempre lleno, y podría seguir.

He temido por un momento que, al apreciar mi mirada inquieta que jugaba con los detalles y las esquinas, me preguntara qué llamaba mi atención.
Rápidamente me he calmado, pues difícilmente recuerdo cinco minutos después de habernos saludado. Es más, algunas veces me parece que no nos saludamos, no sabría decir. Nuestro lenguaje es el de la rutina, el de "túmbate" o "alza el brazo", mensajes que a veces se comunican de forma no-verbal.

-Está muy vacía, ¿verdad?
-...¿El qué?
-La habitación, digo. A tu padre también se lo parecía.

He vuelto a mi casa con muchas preguntas en la cabeza.

8 de novembre

Hoy he recordado a mi padre.
Miento, no se recuerda alguien que no se ha llegado a conocer. Leía el mediocre folletín sobre unos niños de Francia de principios de siglo XX que luchaban contra las dificultades de la vida con la carga de haberse tenido que despedir de sus progenitores a la tierna edad de 7 y 9 años. Si bien vivo en el presente y mi posición es más cómoda, y mi estrato social un pelín más elevado, me ha recordado, aunque no sea éste el término exacto, a mi padre.
A aquél al que no conocí, a mi padre. Mamá me habló de papá hace ya mucho tiempo. Algo de que había ido al servicio militar para no volver más, o algo así. O quizá muriera allí. Aunque esto último es todavía más folletinesco que ser huérfano en 1913, así que tampoco elucubraré sobre esta última posibilidad.
El caso es que como tantos hombres hacen, la abandonó conmigo en el vientre, ya sea por estar muerto o por huir de sus responsabilidades.
Sólo tengo que preguntar a Mamá. Ella me refrescará la memoria.

6 de noviembre

Hoy ha pasado algo maravilloso.

Hoy he visto a Lisa. Y he hablado con ella. Estaba enzarzado en una de mis rutas por el barrio, por estrechas calles y vetustas plazoletas, cuando he visto a Lisa apoyada en la fachada de una vivienda.
Me ha mirado, como se mira a cualquier persona que deambule por una calle poco transitada cuando estás detenido en ella, viendo pasar el tiempo, mirando pasar la gente.
Con esa calma de haber visto a alguien totalmente ajeno o quizá de haber visto a alguien que se espera ver, de igual manera que no nos sorprende ver a nuestra madre en nuestra propia casa, se ha dirigido a mi con pasos silenciosos y torso recto.
-Cuánto tiempo.
Su piel de porcelana se veía más blanca con la grisácea luz de noviembre. Sin embargo, su belleza no estaba apagada y su semblante no parecía el de un fantasma enfermo; simplemente, los tonos anacarados de su figura eran más patentes bajo una luz contrastadamente fría.
Al principio me he sentido nervioso e incómodo, como un niño que tiene que dar una excusa a su madre por algo que ha hecho mal, pero una vez he empezado a hablar me he visto sumergido en una conversación cálida y apacible. Ha sido un placer usar mi voz en toda su riqueza otra vez, con sus inflexiones y sus matices. ¡Hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie! Hemos hablado un poco del pasado, de la escuela, de todos aquellos recuerdos que transcurren como un arroyo cuando dos amigos los recuerdan juntos.
Le he hablado un poco de mi presente, de cómo mi madre y yo vivíamos solos. Le he insistido en que estamos bien y que no nos falta de nada, pero por más que tratara de disimularlo no ha podido evitar que se le humedecieran los ojos y se le enrojecieran la parte alta de las mejillas, delicados pómulos tallados con elegancia.
Ella se ha tenido que marchar, deseándome suerte en todo, y ha desaparecido sin hacer ruido al andar, como si llevara un libro en su cabeza, coronando su magnífica figura.
Al volver a casa, noviembre no era tan gris como yo creía.

4 de noviembre

Hoy he bajado con Mamá a ver a nuestra vecina, la que me cuidaba de niño. También estaba Daniel, que me miraba como a un intruso. Hemos estado tan solo un rato. Al parecer, Mamá quería dar las gracias por algo que se le había dejado. No quería entrar, pero la vecina le ha ofrecido un café a regañadientes y mi madre no ha tenido más remedio que aceptar diplomáticamente, como si las dos se sintieran incómodas llevando a cabo un protocolo de educación y convivencia que hacía referencia a la relación que llevábamos las dos familias antaño. La vecina nos ha ofrecido a Daniel y a mí irnos a jugar a su habitación, pero los dos hemos sabido tan sólo vernos que esa costumbre estaba olvidada y enterrada. En su lugar, nos hemos quedado en el salón escuchando su conversación, vacía de significado. De cuando en cuando Daniel y yo nos veíamos obligados a mediar alguna palabra para rellenar los huecos de conversación que las mujeres nos servían delante nuestras narices (entendiendo servir como cuando una madre sirve un plato de aburrida verdura a su hijo, que se la tiene que comer le guste o no), prudentemente. Ya no había maternidad en las palabras de la vecina cuando se dirijía a mí, no como antaño. Después de una conversación corta y frívola, mi madre y yo hemos vuelto a la calidez de nuestro hogar.

1 de noviembre

Premonición. Podría ser el título de esta reseña. Si hubiera decidido ponerle títulos a las entradas de mi diario, claro. Si la entradas de un diario las merecieran, si las entradas del diario de alguien como yo las merecieran.
El caso es que esta es la palabra que me ha venido a la cabeza cuando he recobrado la poca entereza que me queda. Hoy he visto a Liza, como en un destello, como cuando hay un punto de luz que bailotea cerca de tu pupila, y te hace voltear para descubrir que tan sólo se trata de un brillante reloj que alguien porta en la muñeca.
Así he visto yo a Lisa hoy. Iba haciendo mi ruta habitual de paseo, cuando algo -y supongo que los autores de intriga es lo que denominan "espesarse al aire"- me hizo girarme en redondo, una orden de un marionetista brusco. Y ahí estaba, Lisa, radiante, caminando por la otra acera, pasando como una exhalación que ha durado horas. Cuando ha desaparecido, las manos invisibles que me sostenían me han dejado caer contra el duro pavimento. He conseguido recobrarme al cabo de un buen rato y he vuelto a casa notándome más muerto que de este mundo.

31 de octubre

Dice la ciencia que todo lo que sube baja. Aunque la ciencia dice muchas cosas. Preguntar a la ciencia es como preguntar una dirección a un vianante indeciso: “Perdón, ¿la calle de tal?”, “Sí, todo recto y la tercera a la derecha... o no”.
La ciencia es algo así. Se enfila en explicar cosas y elucubrar teorías sobre el cosmos y el más allá y luego deja una puerta abierta, como diciendo “...aunque puede que nada de lo que hayamos dicho sea cierto”, con lo cual, claro, siempre tiene razón.
Hoy he soñado con Lisa, y mi estado de humor ha caído en un pozo bien bien hondo. No sabría decir de qué manera he soñado con ella. No sabría decir qué había en el sueño aparte de ella, y si no hubiera pasado la mañana con una vocecilla en mi cabeza susurrando su nombre dudaría hasta de que hoy he soñado. Me he despertado mal, entendiendo la palabra “mal” en un abanico de acepciones que ni el diccionario más prestigioso puede recopilar con simples palabras. Los sueños no son como una película o un libro. Los sueños transmiten sensaciones. Puedes soñar que vuelas por encima la ciudad o que alcanzas la iluminación, y sentirte terriblemente triste, como si las ganas de vivir se te hubieran escapado por el bolsillo del tejano. Puedes soñar algo rutinario que haces todos los días y levantarte cantando.
En este caso, las sensaciones han llegado más allá y algo remoto en mi cabeza, como el miedo sin fundamento que trata de transmitir Lovecraft, primitivo e inexplicable, me ha dicho que he soñado con Lisa. Y ese mismo miedo, demoledor por su simpleza y su concepción unilateral, junto con agonía, apatía y tristeza, se ha apoderado de mi cuerpo como una gangrena que ha empezado desde mi cabeza. Estoy m-a-l. Muy mal.

30 de octubre

Hoy estoy más tranquilo. Me he despertado con las primeras luces del alba con una vitalidad y un positivismo que me han dejado de piedra a mí mismo. Entonces me he preguntado brevemente si la fórmula de la felicidad no estaría en algún lugar entre el hemisferio derecho e izquierdo, y si lo que hay fuera de nuestra corteza cerebral no es más que un circo de sombras.
He desayunado como un rey porque tenía un hambre de caballo, y me he dado una vuelta por el parque y alrededores con la misma actitud que lleva a algunos trasnochados personajes de animación infantiles a cantar con las flores y los pájaros, y no morir en el intento de esperar una respuesta coherente de ellos sin ayuda de psicotrópicos.
Me he vuelto trotando como un potrillo a mi casa a escribir en mi diario. De hecho, ahora son cerca de las dos, y en breve comeré algo.
Creo que es el primer día que escribo tan temprano y de tan buena gana, esperemos que se repita.

28 de octubre

El suceso de ayer en el metro me ha hecho cuestionarme algunas cosas. Por ejemplo, ¿si una mujer con unos rasgos tan distintos a las demás llamó la atención sobre mí de esta manera, cuánta atención me prestará la gente a mí, persona de proporciones tan únicas?
Sin embargo, a veces, cuando voy en metro, me percato de lo feos que somos la inmensa mayoría. Sin embargo, nadie parece darle la más mínima importancia. ¿Dónde está la línea entre aceptable y horrendo? ¿Y entre monstruosidad morbosa y deformidad desagradable? A alguien como yo, ¿la gente le mira por curiosidad, o evitan cualquier contacto visual por asco? Por tanto, si le doy náuseas a alguien, ¿éste me mira o por el contrario me evita?
Entonces, ¿cómo puedo saber si doy asco por donde me arrastro?
Es más, ¿realmente importa?

27 de octubre

Hoy -¡sorpresa!- he ido al doctor, que parecía de excepcional humor. Si tenemos en cuenta que “excepcional” es una palabra que hace referencia a un suceso común dentro de una costumbre arraigada. Si digo que el cocinero del Ritz está de excepcional humor hoy significa que pondrá ración extra de caviar a sus postres con champagne y vino perlado. Si, por el contrario, digo que Atila el huno se ha levantado con buen pie hoy significa que se ahorrará el paso de cortar los brazos a sus prisioneros de guerra y procederá directamente con la muerte súbita (o bien, que arrancará la cabellera de alguno de ellos y se la pondrá él, mientras hace el mongol con los brazos y piernas y dice a sus compañeros cosas como “¿me queda bien? ¿eh, eh?” para diversión de éstos).

Si digo que el doctor se encontraba de excepcional humor significa que hoy me ha dicho: “¿Qué tal el diario?” y “ahm” después de que yo contestara con el monosílabo de rigor. No le he dicho por supuesto, que estoy empezando a odiar la psicología humana y no entiendo porqué algunas aguas más profundas de la memoria salen al calor del día cuando se escribe sobre ellas, y hay que enfriarlas antes de que se pongan a hervir y te desborden. No le he dicho que algunas heridas están mejor sin tocar, aunque la cicatriz no sea perfecta, y que, si se reabren con intención de cicatrizarlas mejor, igual se erra en el cometido, nos quedamos sin hilo a medias, y estamos condenados a tenerlas abiertas hasta nuevo aviso. No le he dicho que, al fin y al cabo, los psicólogos son los únicos ilusos que creen que es posible vivir teniéndolas todas cerradas y bien cerradas, y que el resto de los mortales con juicio elegimos cuáles dejar con una provisional tirita y cuales sacar a relucir de nuevo para un mejor estudio, y que un diario nos puede hacer caer en el error de sacar a relucir algunas que aguantaban perfectamente con un remiendo, obviando que a veces no estemos preparados para ello.
Se lo podría haber dicho, pero me puedo imaginar su respuesta: “ahm”.

A la vuelta del doctor, he cogido el metro para airear un poco la cabeza, y he visto a la mujer más atractiva que he visto en lo que llevo de año, puede que más. De unos treinta años, arreglada. No es el tópico de mujer que se considera mundialmente guapa. Es la típica mujer que tiene atractivos que sólo unos pocos saben ver, como aquellas en que, lejos de ser Venus, atraen a un hombre por sus labios, ojos, forma de andar, o sonrisa. Esta mujer me atraía a mí por el canto a la vitalidad que suponía verla. Sin ser obesa en ningún momento, se la veía fuerte y sana, y su piel era de un color moreno rojizo, sin estar achicharrada. La sensación que ha provocado en mí ha sido la misma que provoca un cerdo rollizo al pastor hambriento con una herramienta cortante en la mano diestra.
Me he quedado mirándola de reojo sin poder apartar la mirada de sus mejillas, muslos, busto y cadera. Iba acompañada por su marido, novio, o quienquiera que fuera el afortunado que mantenía con ella una charla agradable.
Al cabo de un par de paradas, una pareja de unos veintipocos ha subido al vagón y se ha quedado de pie delante de ellos, besándose en los labios sin mediar palabra, como otras tantas parejas jóvenes hacen.
Para mi sorpresa, la pareja inicial ha dejado de hablar y se han quedado mirando a la nueva. La mujer asombrosa ha esbozado una sonrisa gatuna, dedicada a ellos, como felicitándoles por la pasión juvenil que ella y su pareja parecían haber perdido. Aturdido, he acortado mi paseo y a los quince minutos hora ya estaba en el andén contrario para coger el metro de vuelta a casa.

25 de octubre

Hoy he tenido una pesadilla horrible. Sé que la memoria desdibuja contornos y en ocasiones mirar a través de ella es como mirar la realidad a través de un vaso de agua. Hace tiempo que no soñaba con mi niñez, y mi memoria parece estar jugando al frontón con mi cerebro.
Las cosas son mucho más grandes, como vistas a través de un cristal curvo. Mi madre es alta, la silla también, y el verdugo, inmenso.

Mamá siempre ha sido una persona chapada a la antigua. Apenas ve la televisión, le gusta cantar mientras hace la colada, tiene tiempo para tomar el té y cree en las medicinas clásicas. A veces temo que esto nos aisle del mundo exterior, pero siempre encuentra a gente que, sintiéndose colegas de otra generación, accede a echarle una mano, “por los viejos tiempos”. Por eso no fue tan extraño encontrar, en pleno siglo XXI, alguien dispuesto a extirparme las vegetaciones sin anestesia, y no se me hizo tan extraño ver que mi madre daba las gracias al doctor mientras yo permanecía en el suelo doblado sobre mis rodillas, echo un ovillo, escupiendo sangre por la boca, incapaz de reincorporarme por el dolor y, por añadidura, mi deformidad, no tan visible en esa época pero igual de incapacitante.

Alguna vez desde entonces he soñado con esos angustiosos minutos, aunque, como digo, ocurrió yo siendo niño, y seguramente la silla no debía tener la forma de un enorme sillón de hierro parecido a los que se usaban para torturar a los herejes, la mano del doctor no debía ser tan huesuda, la sala no debía ser tan grande y de un blanco tan molesto a la vista, mi madre no debía estar tan lejos cuando yo estaba ciego de dolor, y la luz del techo no debía parecerse a las puertas del cielo cuando me quedé finalmente tendido mirando hacia el techo y con los ojos entrecerrados en cuando me percaté de que no manaba la suficiente sangre de mi garganta como para que fuera a morir por exceso de ésta en los pulmones, y seguramente, el dolor no debía ser tan doloroso.

23 de octubre

La memoria es como un estanque que va creciendo alimentada por un arroyo de agua cálida, que es el vivir. Un estanque con patos, si se quiere. El agua más reciente permanece en la superficie del mismo hasta que enfría i deja paso a las siguientes horas de vida, todavía palpables en nuestro cerebro.
A veces, el curso natural se quebranta, y, por los motivos que sean, las capas frías y olvidadas del fondo del estanque consiguen tocar, aunque sea por un momento, el aire, y alzan la cabeza y miran por encima del hombro con una altivez casi insultante a las nuevas que trae el arroyo y que deberían posarse donde están éstas.

A veces, el curso natural de las vivencias se viola, y por los motivos que sea, Lisa me ha traído a la memoria muchos recuerdos, que con una chulería casi hiriente se regocijan de ocupar mi mente por un tiempo. ¿Por cuánto?, me pregunto. Cualquier tiempo pasado fue peor, o eso es lo que me permite seguir tirando, y ahora mismo no me apetece seguir recordando a Lisa.

Supongo que si me tomo unas horas de reposo alguien dejará de tirar piedras al estanque y para mañana por la mañana todo habrá vuelto sobre sus raíles.

Bonne nuit

22 de octubre

Hoy he visto un fantasma del pasado. He salido a pasear por callejones poco transitados, cuando una voz femenina me ha distraído de mis pensamientos. Era Lisa. Podría usar la primera persona y citar las palabras textuales de cada uno para dar un poco de dinamismo, pero por la teoría de la comunicación es imposible que sea exacto en unas palabras que han sido pronunciadas horas ha de este momento, así que hablaré en pasado.
Lisa, gracias a Dios, me recordaba. Hemos andado callejuelas empapados por un atardecer naranja que la hacía aún más bonita y a mí mas insignificante, conducidos por el instinto de buscar rincones solitarios y en silencio, donde poder contemplar el Sol, el cielo y el pasado, lo único nublado en esta tarde tan despejada. También hemos hablado de nosotros mismos. Me ha parecido discernir una nubecilla de pena en los ojos de ella, si no ha sido un efecto óptico causado por el ocaso mirándose en tan perfectos espejos, cuando le hablaba de mí, de Mamá y mi hogar. Me he apresurado a decirle que vivía bien, que no podía quejarme, pero desde luego no le he rogado que no se preocupara por mí; Lisa es demasiado orgullosa para admitirlo.
Cuando éramos niños, Lisa me defendía de los demás niños de la escuela, que llegaban a torturarla con esa crueldad infantil que delataba que Lisa les gustaba más que a un tonto un palo y sentían celos de que estuviera conmigo. Lisa nunca les dio el gusto de llorar delante suyo. Una vez acabada la pelea, rehuía a la gente y se iba a llorar a escondidas, con rabia, donde nadie pudiera verla. Por desgracia, hay más sentidos además de la vista, y yo la podía oír a través de la puerta del baño, y no sabía qué hacer, impotente, para consolarla, pues yo era tan poca cosa y ella una estrella radiante, y no sabía qué devolverle a cambio que valiera las lágrimas que derramaba por mi culpa.
Está estudiando literatura, todo le va bien, y no parece interesada en los chicos de su facultad. Hemos hablado de un poco de esto y un poco de aquéllo, nada relevante, y cuando el cielo moría hemos agradecido -al menos yo- el habernos encontrado después de tanto tiempo, y cuando el Sol ha soltado el último aliento de calor, estábamos cada uno en su casa.

20 de octubre

Hoy, como cada semana, he ido al doctor. Podría llamarle médico, pero supongo que doctor otorga más que el mero conocimiento científico. Un grado, un respeto, una experiencia. Inteligencia, quizá. Creo que el doctor, sin embargo, es menos inteligente de lo que parece, y eso es un problema, porque se espera más de ti. Como dije, callado y metódico, y con experiencia en su trabajo. Hoy ni me ha saludado, ha abierto la puerta y ha hecho un gesto de asentimiento con la cabeza para que entrara. A partir de ahí, la sesión ha procedido como siempre, sin tropiezos, constante, metódica.

Médico... ¿Doctor? Que más da. Sólo son palabras. Nada más que eso. Las tengo a miles en mi santuario, de todas las épocas y países, y una cosa tienen en común: tan sólo son palabras.

19 de octubre

Cuando Dios creó el ornitorrinco por tedio, dejadez o por puras ganas de insertar en el reino animal un animal tan acorde con el resto de criaturas del reino animal como un payaso en un cementerio, nunca llegó a pensar que tan indefinido ser llegaría a formar una especie sólida, tan proclive a la conservación y perpetuación como cualquier otra. Es lógico creer que Dios confiaba en que la selección natural borraría del mapa a tan inverosímil animal, mitad ave mitad castor. Un ser supremo no hace las cosas tan mal a no ser que las haga queriendo.
En el mismo caso estoy yo, mitad persona mitad bestia, figura de proporciones erróneas, vivito y coleando en un mundo donde más que el payaso en un cementerio, soy el fiambre en un circo multicolor.

A diferencia del despistado del ornitorrinco, yo no soy más que un individuo. No una especie, ni siquiera un grupo y menos una pareja. Esto me deja todavía más desamparado de cara a las demás criaturas que habitan este, para mí, hostil medio. Si hubiera sido abandonado a mi suerte, si los humanos no hubiéramos llegado a un estado de evolución tal como para desafiar a la selección natural, si mi madre no hubiera mirado por mí, probablemente habría corrido la suerte que se me tenía deparada. Pero una vez más más, el Creador se muestra como un ser-no-tan-perfecto, y vuelve a errar en su sombría predicción, como ya hizo una vez con el platypus.

Huelga decir que no cavilo constantemente sobre mi muerte y no dejo que ella influya en mi vida, si acaso vivir no es morir cada día, y que por tanto vivo cada día como alguien como yo puede desear, pero me gusta ser consciente de a quién debo estar aquí: a mi madre.
Y, en menor medida, a Lisa.

16 de octubre

La gente es complicada. Todo el mundo da por sentado que las personas, como tales, tenemos cambios anímicos que condicionan nuestras decisiones immediatas. Éstas, probablemente, no sean muy lógicas, pero aún así se nos perdonan por lo anteriormente dicho. Se nos da un pequeño aviso y aquí no ha pasado nada. Si Platón -el Idiota Engreído- se levantara de la tumba al ver que un segundo está zurrando a un tercero por unos supuestos mal cuernos de la novia del segundo con el tercero, le daría un capón al agresor y volvería por donde ha venido. No entraría en peleas dialécticas, más que nada porque Platón el Paleto no necesita filosofear con alguien, porque siempre tiene la razón y se autofelaciona en sus aposentos de seda. Y porque sabría que la paliza está siendo dada por meros celos, y que todos caemos en actos parecidos alguna vez.

Sin embargo, aspectos de nosotros que no dependen del estado de ánimo, por mutar éste con demasiada celeridad, si no de nuestro alma, mente, cerebro, sino o llámesele como se quiera, son ampliamente rebatibles. Podríamos sentarnos con el ceporro más ceporro del barrio y éste nos invitaría a poner en duda nuestros actos, que de otra forma quizá nunca se pongan a prueba lógica.

Entro con toda esta parrafada para excusarme -¿a mí mismo? ¿A quién me lea?- de lo que voy a escribir. No creo apropiado, en una relación de menos de un mes, el ponerme a hablar de cosas del pasado que sólo incumben a mi persona. Sé que es general usar como arma de flirteo juvenil el recuento de amores pasados y corazones rotos, y si ya esto me parece estúpido, más me lo parece el iniciarlo con un objeto inanimado como puede ser un diario. Intento saber también por qué lo hago, y si lo hago a gusto o me fuerza la idea de acatar con la receta médica.

Pues bien, hoy, habiéndome excusado de algo que sé de antemano que voy a hacer y que será un error hacerlo, hablaré de Lisa, de quién llegué a ser gracias a ella y de cómo la conocí.

Lisa de Jacques y yo nos conocimos en el parvulario, como todo amor prematuro. Era una niña dulce de sonrisa agradable que parecía ignorar mi creciente deformidad de parbulitos a la primaria avanzada, incluso después de que mi madre consiguiera el permiso por el cual yo pudiera aprehender bajo su tutela sin necesidad de ir a la escuela pública o concertada. Desde entonces Lisa y yo nos hemos ido viendo con el paso de los años, yo a la sombra y ella, radiante, en el mundo real.
Como iba diciendo, yo estuve enamorado de Lisa, y si no recuerdo mal, ella de mí también. Lisa provenía de la Francia acomodada, y a su paso por la guardería dejaba decenas de admiradores de medio metro boquiabiertos que creían que las mujeres rubias sólo existían en películas. Habiendo llegado a primaria, la atención por ella había disminuïdo considerablemente, porque en esas edades los niños se dan cuenta de que poco en común tienen con las niñas, incluso con las más guapas. No sé cuánto tiempo habíamos estado saliendo desde que nos conocimos, ni si fue intenso, el caso es que en primaria lo dejamos al ver que lo nuestro tan sólo era amistad y que no nos veíamos reflejados el uno en el otro.

El caso es que, y sin ánimo de dilatar más, Lisa fue, aparte de mi primer y unico amor, la única persona en el mundo que ha compartido mi vida y que me ha ayudado a llevarla dignamente.

13 de octubre

Nada de mucho interés.

Hoy he vuelto al doctor. He tardado un buen rato en llegar, y eso que está cerca de mi casa, además de ofrecerme como vía entre ambos un camino muy deshabitado, con jardines interiores modestos y algún solar con moribundas viviendas de Barcelona coleando como pueden sus últimos años de vida. Sé que algún día no muy lejano las tirarán abajo y reaprovecharán los solares y todo lo que sea habitable, pero no me apetece lo más mínimo. Para lo poco que veo la calle no me apetecería ver decenas y decenas de personas de golpe, ni me apetecería que ellos me vieran a mí. Prefiero este ambiente íntimo.
Y además, todavía retrasarían más mis epopéyicas cruzadas hacia el doctor, que no son fáciles con tan mala forma física, que hoy parecía especialmente diezmada, por vaya usted a saber qué estímulos externos... Mal tiempo, fatiga mental, ¿quién sabe? Quizá la paliza que me di ayer con este diario es motivo de mi cansancio (bromeo, por supuesto). Sea como sea, he llegado diez minutos tarde, diez minutos que el doctor me ha brindado al final de la sesión para no darme un tratamiento incompleto, acompañados de otros diez totalmente extras a modo de favor (u compasión) por verme peor que de costumbre.
Siempre ha tenido un trato de favor hacia mi madre y hacia mí. No sé en qué se basa ni en qué remota anécdota se concreta, pero ha sido así desde que mi memoria recuerda. No sé cuánto le cobra a mi madre por mis sesiones, ni si le cobra, pues en una vida sistemáticamente sedentaria como la mía no caben dudas sobre qué medios he de disponer para comunicarme con el mundo exterior, porque los pocos medios que tengo corren a cargo de Mamá. Y por eso mismo precisamente, creo que nos hace un trato de favor. Mamá y yo formamos una familia pobre, entendida como la de una familia que, creo, sólo cobra la renta de viuda de mi madre, que aunque nos baste para vivir perennemente, no nos sacia para pagar a un médico, según mis cálculos; no a éste tipo de médico.
Deduzco entonces que mi madre vive de ser viuda y el médico, de otros clientes, porque está claro que de nosotros no.
Concluyo, al término de la entrada de hoy, que este diario me está haciendo plantearme ciertas preguntas que, tontamente, había dado más que por respondidas, inexistentes.

Hasta otra

12 de octubre

Me parece que todavía no he hablado de mi casa.

Mi casa empieza como todas, con un recibidor. Un recibidor bastante canijo, para ser exactos, con espacio justo para colgar los abrigos en invierno y sacarse los zapatos en verano. El recibidor, como no, da a la salita de estar, la habitación más grande de la casa. Normalmente dejamos la puerta que separa ambos abierta, para dar mayor sensación de espacio. Así, además, logramos que la realidad exterior parezca más cercana al sofá, detalle que me motiva a salir un poco más.
Si miramos un plano de cualquier piso, el recibidor se halla en la esquina, repartiéndose por el resto del plano la sala, los lavabos, etc.
Por lo visto, la opinión está dividida en este aspecto o bien nuestro arquitecto no sabía muy bien lo que se hacía, porque nuestro recibidor queda justamente en el medio de uno de los costados de la sala, como si fuera un riachuelo que se abre en un gran cauce.
Excepto los baños, el color de las paredes del piso es amarillo papiro. Le confiere tonos agradables por las tardes, cuando el sol entra por el oeste. El sol, entra, de hecho, por tres direcciones, o dos direcciones y media, según lo exactos que seamos. Si volviéramos a mirar un plano, veríamos que nuestro piso no se adapta a las paredes que se pueden ver desde la calle. Está situado justo a una punta del triángulo que es mi manzana, pero no tiene su misma forma. Es como si entra la pared de mi habitación y la exterior distaran de 3 m compuestos de vacío, o de ladrillos, gravilla, qué sé yo. Mi vivienda, por este motivo, tiene cierta forma trapezoidal, como después de abrirse en un gran cauce, quisiera adaptarse a un antiguo delta que, ilógicamente, estaba ahí antes que el río.

Los objetos de decoración de mi casa son sacados de Lilliput. Para no desentonar con las paredes de papiro, los muebles, jarrones, y demás atrezzo son de madera parda oscura, bien barnizada. Así, en mi comedor hay una modesta mesa para cuatro personas que se sientan en cuatro sillitas, como esperando a que Rizitos de oro venga a tomar el té con Osito y sus amigos. Además, hay una mesita pequeña, diseñada originalmente para ostentar tazas de té humeantes y bollitos alcanzables desde la altura del sofá, redondeado y acolchado, de color verde terciopelo. Algunos muebles más decoran mi casa, todos redondeados y pulidos, perennes a los años. Los más afortunados, presumen de tapete.

En todo este bosque de hadas, se halla mamá sentada en el sofá. Nunca sé qué hace allí, sólo que está allí. No es que no me preocupe por mi madre, me preocupo mucho. Es sólo que, a pesar de que me guste mi casa, prefiero mi habitación; si la salita es el bosque de las hadas, mi habitación es la morada de los fantasmas, almas de hombres sabios que me hablan a través de páginas de ajada piel de ajo.

Con todo, me gusta mi casa, pero no sé qué carajo hace mi madre ahí todo el día. Supongo que no me atrae la idea de comparecer ante ella en esa sala porque nada cambia desde que vivimos solos. El hermetismo es perpetuo y las sillas para cuatro siguen ahí, y los muebles siguen ahí, y las tazas de te siguen ahí, y mamá sigue ahí... Desde que murió mi padre. O al menos, desde que murió la vecina.

No sé mucho de mi padre... Tan sólo lo que me contó mamá. Era muy pequeño cuando falleció y no llegué a conocerle. Me dejó de pequeño porque una enfermedad malvada se lo llevó. Y hasta ahí puedo leer.

Mamá está inactiva desde entonces, y vegetativa desde que murió la Vecina. Algún día crecerá musgo sobre su suave piel y entonces la gente preguntará por ella al cruzar el umbral, y me encogeré de hombros diciendo: "No sé, ya estaba ahí desde la rosada".

Con todo, mi madre y yo nos llevamos bien y llevamos una tranquila vida sin sobresaltos.


PD: Decir que he preguntado a Mamá sobre Vecina, y no me ha respondido gran cosa. Desde que vió a quien creía viudo con otra contrajo un pena en el corazón que la iría matando lentamente hasta años más tarde, cuando estiró la pata.

9 de octubre

Hoy, mientras releía un libro de Dafoe, he oído el tintineo de canicas rebotando contra el suelo del piso de arriba. Mi escalera es por lo general silenciosa, la gente trabaja muchas horas al día y los niños -niño- anda desaparecido la mayor parte de la tarde. Pero hoy por lo visto se ha quedado en su cuarto y ha decidido ver como su colecció de insectos de plástico multicolor revolotean y repiquetean el suelo de su habitación. Eso, o se le ha caído el tarro de canicas. Es un niño bastante torpón, de unos siete años, con una mirada muy profunda y un azul en sus iris de iguales características. Tiene además los ojos un poco separados entre sí restándole atractivo, aunque muchas mujeres lo encontrarán misterioso cuando sea mayor. Está casi siempre ausente cuando me cruzo con él por el vestibulito y me mira con recelo. Recuerdo haberle visto más a menudo de pequeño, cuando la vecina de al lado, cuyo nombre no recuerdo, todavía vivía y me cuidaba como si fuera mi segunda madre. Me estuvo cuidando unos años, y recuerdo su voz y la de mi madre conversando en la salita, mientras bebían café. El chico de arriba, Daniel creo que se llama, apenas gateaba cuando mi vecina lo levantaba en brazos y lo mecía. A continuación me tocaban los cariñitos a mí, pero todo lo demás relacionado con ella está borroso.
Supongo que Daniel -que sigue insistiendo con las canicas- se acuerda de mí como un competidor por los brazos de nuestra cuidadora, y me castiga desde arriba por no recordar su nombre, como si la culpa de que ahora descanse en paz fuera mía.

Ahora que lo pienso, tampoco sé cómo murió, sólo que a partir de un momento mi madre y yo nos quedamos solos.

Mañana le preguntaré por ella.

6 de octubre

Hoy, como tantos otros días, no me apetecía salir. Pero aún así he tenido que renunciar a la privacidad de mi hogar e ir al médico. Llamémosle doctor. No es que no tenga nombre propio; es muy callado. Da gusto verle trabajar: constante, meticuloso, sistemático... No entiendo como con esas cualidades no trabaja con impresoras y computadoras: el caso es que lo hace con personas, personas como yo.
No sé exactamente qué licenciaturas ostenta, porque en su gabinete no exhibe diplomas emmarcados ni tiene esqueletos humanos en las esquinas. Trabajo en un pisito agradable, vacío pero agradable.

Nada particular por lo demás. La sesión ha ido bien y he vuelto un poco entumecido a casa, pero dormiré bien y se me pasará, así que no me extiendo.




Es lo que tiene el escribir un diario sobre una vida mediocre. Probablemente entradas como ésta se vean repetidas a menudo.

Buenas noches.